Los medios de comunicación lo anuncian con excitación y alboroto: Hillary Clinton y Donald Trump se encuentran en un empate técnico en la intención de voto que, a nivel nacional, vaticinan el promedio de las principales encuestas levantadas la semana recién pasada.
Esto es una realidad por razón de que Clinton solo acumula una ventaja consolidada de entre uno y dos puntos porcentuales, lo que deviene inferior al margen de error de la mayoría de todas estas encuestas. Empero, cuando nos adentramos en algunos de los pormenores del escenario político, descendemos a los niveles estatales y contextualizamos o cruzamos estas proyecciones con otras variables de importante valor predictivo, advertimos detalles que escapan a quienes permanecen en la superficialidad que implica proyectar resultados electorales solo en función de los promedios de la intención de voto a nivel nacional.
¿Qué ha pasado?
Hillary Clinton lleva semanas descendiendo en las encuestas a nivel nacional. Desde que el esperado empuje del que goza todo candidato presidencial, una vez proclamado por su partido, la colocará con ventajas de hasta 12 puntos porcentuales sobre Trump, su intención de voto había mermado de manera sistemática hasta hace apenas unos días, cuando aún conservaba una ligera ventaja de entre tres y cuatro puntos porcentuales.
Pero, desde entonces, ha cometido dos errores que pueden ser identificados como los causantes de su deslizamiento hasta el empate técnico. Primero, el haber declarado que la mitad de los seguidores de Trump, por su identificación con conductas y comentarios racistas, xenofóbicos y en general discriminatorios, podrían pertenecer a lo que ella describió como una “canasta de personas deplorables”, lo cual naturalmente, ofendió a muchas personas. Y segundo, el haber sufrido una especie de desmayo, tras tomar la decisión de no descansar y continuar con su agenda de campaña, a pesar de haber sido diagnosticada con una neumonía. Esto obligó a la campaña a dar a conocer los pormenores de esta situación de salud; claro, una vez ocurrido el hecho, lo cual sirvió para reforzar el argumento de que Clinton no es honesta, confiable o transparente, al nueva vez apreciarse su predilección por el secretismo y la ocultación.
A lo precedente, tendríamos que agregar como factor catalizador de su descenso, el hecho de que se aprecia a un Donald Trump un poco más disciplinado, leyendo discursos, en lugar de improvisarlos, y una campaña mejor organizada, que por primera vez, está produciendo spots y publicidad política dirigida a explotar los errores y las debilidades de Clinton.
Todo lo anterior, explica el descenso que a nivel nacional ha experimentado Hillary Clinton en estos días. Sin embargo, en un escenario político polarizado por los dos partidos tradicionales del sistema, lo habitual, con dos excepciones en los últimos 40 años, es que en la medida en que se va acercando la fecha del torneo electoral, se vaya produciendo una convergencia en la intención de voto de los candidatos de estos partidos, justo lo que apreciamos ahora.
Lo estatal sobre lo nacional
Cuando se intenta construir escenarios prospectivos sobre una contienda presidencial en Estados Unidos, es fundamental recordar que en ese país, el día de las elecciones, no se produce realmente un proceso eleccionario a nivel nacional, sino más bien, 50 elecciones estatales simultáneas.
En Estados Unidos tampoco asegura la presidencia quien haya obtenido una mayor cantidad de votos a nivel nacional; de hecho, en cuatro ocasiones distintas, aquel que ha sido favorecido por el voto popular, ha terminado no ocupando la presidencia, gracias al complejo sistema electoral donde emerge victorioso aquel que acumule la mayoría absoluta de los Votos Electorales. Cada estado tiene una asignación de estos Votos Electorales equivalente a la sumatoria de senadores y diputados federales que posea.
De esta manera, ningún estado podrá tener menos de 3, siendo la cantidad máxima los 55 que posee el estado de California.
A Washington D.C, a pesar de no ser un estado, y de no tener ni senadores ni diputados federales, se le consignó el mínimo de 3, mediante enmienda constitucional.
Los estados, de manera individual, organizan sus elecciones, y sus Votos Electorales son conferidos a los candidatos en función de la votación popular.
A excepción de dos estados, los restantes 48, más Washington D.C., asignan la totalidad de sus Votos Electorales a aquel candidato que haya obtenido una mayoría simple en la votación. Y es precisamente por la arquitectura de este sistema electoral, que al momento de quererse formular un panorama más claro del escenario electoral, hemos de descender al nivel estatal.
Cuando hacemos este ejercicio nos encontramos con dos tipos de estados: los definidos, y los llamados “swing states”, o “estados péndulo”. Los primeros tienden a representar una votación sólida e invariable a favor de un partido determinado; los segundos tienden a oscilar entre un partido y otro en cada proceso electoral. En la primera categoría contamos 39 estados más Washington D. C.; en la segunda, contamos 11. Por cómo se distribuyen la preferencias electorales entre los definidos, la presidencia realmente se decide en los “estados péndulo”.
Entre estos, Hillary lidera en 6, y en los 5 restantes, se registra un empate técnico. Trump no lidera en ninguno.
De ahí que se estime con cierta confianza que, si las elecciones fueran hoy, a pesar del empate técnico que se registra a nivel nacional, Clinton tendría aún los Votos Electorales suficientes para lograr la presidencia. Pero eso es hoy, y todavía restan poco menos de dos meses de campaña, con tres debates presidenciales pendientes, donde el escenario podría variar significativamente.
En contiendas electorales tan cerradas e impredecibles como esta, los analistas más creativos buscan indicadores o variables que exhiban una capacidad predictiva semejante a la de las encuestas, y que consecuentemente, les permita construir proyecciones desde ángulos distintos, acerca de una competencia presidencial específica. En Estados Unidos, existe al menos uno de esos indicadores.
El presidente y su valoración
Desde 1976, los niveles de aprobación de los presidentes de turno, al momento de celebrarse las elecciones, han servido para predecir, sin fallos, la identidad y afiliación partidaria del próximo ocupante de la Casa Blanca.
En 1976 el presidente de turno, Gerald Ford, exhibía niveles de aprobación inferiores al 50%; ganó Jimmy Carter. En 1980 Carter presentaba una valoración positiva menor al 50%; ganó Ronald Reagan. En 1984 Reagan gozaba de una aquiescencia de más de un 50%; ganó la reelección.
En 1988 el mismo Reagan, ya de retiro, ostentaba niveles de aprobación superiores al 50%; ganó el candidato de su partido, George H.W. Bush. En 1992, Bush contaba con una valoración ligeramente inferior al 50%; ganó Bill Clinton. En 1996 Clinton, optando por un segundo mandato, le acreditaban cotas de favorabilidad superiores al 50%; ganó la reelección. En el controversial 2000, Clinton partía con el beneplácito de más de un 50% de la población, y a pesar de que George W. Bush juró como presidente, el candidato demócrata Al Gore, ganó el voto popular, y muchos argumentan que el reconteo de la Florida, al final, le hubiese favorecido. En el año 2004, Bush estuvo siempre alrededor del 50% en términos de aprobación; ganó la reelección. En el 2008 acusaba uno de los niveles más bajos de respaldo que se recuerde, menos de un 30%; ganó el candidato demócrata, Barack Obama. En el 2012 Obama se encontraba por encima de un 50%, y ganó la reelección.
En estos días la valoración del presidente Obama supera el 50%. Si dicho nivel de aprobación se mantuviese hasta el día de las elecciones, la historia, como documentamos precedentemente, estaría depositando un voto a favor de Hillary Clinton.
Pero este es un ciclo electoral como ningún otro, donde por momentos se siente que se está frente a un punto de inflexión sociodemográfico que podría producir cualquier tipo de resultado.
Lo que sí queda claro, sin embargo, es que cuando se quiera entender el estado situacional de una contienda presidencial en Estados Unidos, más que mirar los promedios de las encuestas que se realizan a nivel nacional, siempre será más útil e informativo analizar esas proyecciones a nivel estatal, particularmente, en los denominados “estados péndulo”, aunque la historia sugiera que lo único realmente importante sea qué tan bien o mal esté el presidente de turno al momento de celebrarse unas elecciones. Dentro de poco comprobaremos si esta premisa permanece vigente, o si por el contrario, este proceso electoral, también en este sentido, representará un cambio de paradigma.
FUENTE:LISTINDIARIO