EL RESPONSO.- Si la vergüenza matara, diputados de todos los partidos tuvieran su responso el Día de Difuntos. Pero no mata, y menos a los que no la sienten. Después de la malhadada sesión del pasado martes, da pena, que ya no vergüenza, ese coro de “yo no fui” que entonan con la cabeza baja. Lo peor de todo es que se olvidan que en las comisiones se lleva acta, y que por ese registro se conoce el ánimo y la disposición de legisladores que, superado el trance, quieren presentarse como gaticas de María Ramos. Mientras en el recinto de la Madre y Maestra los líderes tocaban sinfonía, negociación a alto nivel, en los pasillos de la Cámara de Diputados los conciliábulos sonaban a bachata. Si hubo intercambio por debajo de la mesa, no se sabe, pero se sospecha. En el Congreso Nacional se usan unos códigos que se entienden desde lejos, sin necesidad de señales de sordomudos. Abel Martínez resultó más efectivo que Reinaldo Pared y Rafael Alburquerque, y lo que se interpreta desde la calle es que ni siquiera en el Comité Político del PLD se concilian posiciones. Al final todo se derrumbó, y no se tiene claro de cual sector fue la ganancia...
NO QUIEREN.- Si unos diputados votaron de mala manera, y otros lo hicieron en contra, la verdad emerge sola: Ninguno de los sectores políticos quiso una ley de partidos que fuera del agrado y complacencia de todos, y ñademásñ cubriera necesidades del sistema. Ese querer engañarse unos a otros, no funciona, y al final solo se burla a la opinión pública. La experiencia ajena aconseja que cuando se vean las barbas del vecino arder, poner las propias en remojo. Y en países no muy distantes, el deterioro de los partidos obligó a recomposiciones dolorosas. Venezuela, por ejemplo. En estos días, y en relación al controvertido documento sobre la transición, reaparecieron en el escenario político de ese país las que ñen un tiempoñ fueron las fuerzas decisivas: Copey y Adeco. Las que echaron la democracia venezolana en el pozo y crearon las condiciones para el advenimiento del mesías Hugo Chávez. Ahora están sacando la cabeza, y no podría ser de otro modo. El fracaso del Chavismo todo lo recicla, y el pasado retorna, aunque sea en forma de fantasmas...
LOS REPARTOS.- Nada más hay que fijarse en qué están los partidos dominicanos, para comprobar que la ley no era necesaria, pues ellos tienen sus usos y sus costumbres, y con sus usos y sus costumbres se las arreglarán ahora que se acercan las elecciones. El PRD, que se fue alante en la selección de candidatos, resuelve sus problemas de candidatura con mecanismos propios, e incluso, con irrespeto a las palabras, llama por consenso. Francisco Peña, por ejemplo, no solo retornó a su partido, sino que se proclamó candidato, como si esa posición fuera de su propiedad y pudiera disponer de ella a su antojo. Caciquismo sin control, y solo posible en una cultura de arrebato, y en un medio en que no existen reglas. En un régimen de ley y orden esas parodias no tendrían cabida. Pero se quieren, y ya se verá, según avance el proceso, como en otros partidos se dará lo mismo. Autoritarismo, y no democracia. Pondrán a coger lucha a los aspirantes que no cuenten con la bendición de la máxima autoridad del partido, y se producirán esos repartos alevosos e inicuos...
CENICIENTA.- Sería buena y oportuna la pregunta: ¿qué hacer? Pero difícilmente haya respuesta adecuada, o se quiera seguir hablando del tema, pues tampoco se hizo nada por considerar la ley Electoral. Esta legislación, que se dice consecuencia obligada de la Constitución del 2010, es una especie de Cenicienta, a la que nadie mira ni toma en cuenta, y no aparece un príncipe con el calzado que solo a ella sirva. Solo el magistrado Eddy Olivares la recuerda de tiempo en tiempo, pero lo suyo es un solfeo sin orquesta, y de seguro que coro nunca tendrá. Los principales aspectos de la Ley de Partidos se discuten, y hasta originan conflictos en el interior de los partidos, pero la Electoral no provoca fu, pero tampoco fa. Un misterio, en cierto modo, pues ante la situación de los partidos, un reforzamiento de la autoridad del órgano de elecciones, tal vez, serviría a los fines de equidad o de transparencia. Pero ni más ni menos. Ni la propia Junta Central Electoral hace lo suficiente, como si no quisiera más poder, pues Roberto Rosario se afana más por la Ley de Partidos que por la Electoral...